Comienza la historia
Lucía mira por la ventana que hay entre el segundo y el tercer piso de las escaleras de su casa. Hacía mucho que no bajaba por ellas, tal vez cerca de catorce años, desde que murió su abuelo. Hoy se ha estropeado el ascensor y ha tenido que utilizarlas. Tantas cosas comienzan así, sin que las podamos controlar. Al mirar por la ventana ha visto la noche, y no ha podido seguir bajando, se le ha caído la bolsa de la basura de la mano, y ahora no puede ni subir ni bajar. La luz se ha apagado y en estos momentos, pequeños momentos, en los que el mundo no existe se ha sentido viva. La luz se vuelve a encender, alguien que baja la basura. Ella sigue mirando por la ventana. Pasa a su lado, ninguno se atreve a dar las buenas noches, el extraño bordea la bolsa rota en el suelo. Una lágrima y una sonrisa se mezclan en la cara de Lucía. Ninguna palabra al pasar, que error.
De nuevo la oscuridad y de nuevo la luz, que se acabe ya esta indecisión piensa Lucía. Y el extraño pasa a su lado de nuevo, ahora sube. ‘¿Puedo ayudarte?’, la dice.
- ¿Qué?. Pregunta Lucía
- Que si puedo ayudarte. - Le contesta él
Un silencio. El deber de responder.
- No.
La respuesta equivocada.
¿Que decir?. Otro silencio. Una decisión ¿subir o quedarse?.
Subir. Otro error.
Y la luz se vuelve a apagar, los dos miran la oscuridad de la escalera y se sienten estúpidos. Tantas cosas por hacer. Él mueve las manos buscando la seguridad. Más errores. Desde donde está ella lo ve agitando los brazos buscando el alivio de la pared, sonríe. La luz de nuevo. Más indecisión. La sonrisa fugaz, pillada. ‘Buenas noches’ dice él. ‘Buenas noches’ contesta ella.
Lucía mira la Luna y se pregunta ¿para qué estará ahí?, y la luz de la escalera se vuelve a apagar.
Otra lágrima cae por su mejilla
- ¿Por qué? - Se pregunta
Y a la escasa luz de la ventana comienza a recoger la basura que intentaba escaparse de la bolsa, y así, con asco y necesidad la recoge cuando, de repente, como siempre, se vuelve a encender la luz de la escalera. Se restriega la cara y así se limpia los recuerdos, su corazón late a más velocidad esperando que sea él, sus oídos se aguzan intentando escuchar pasos, su respiración se detiene y sus pupilas se dilatan, pero no baja nadie por la escalera.
Si fuera posible habría pensado 'que tonta soy', pero recoge un bote de yogur y baja la escalera sin ganas.
De nuevo sus ilusiones irán donde el bote de yogur, de nuevo allí.
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